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Con solamente diez años, Manuela Cararsco Salazar, sevillana, hija del cantaor El Sordo era una destacada componente del cuadro flamenco del Tablao El Jaleo de Torremolinos. Y pronto pasó al denominado La Cochera, en su ciudad natal, en el que estuvo dos años de figura. Su arte llamaba la atención de aficionados y profesionales, por lo que no puede extrañar que en 1971, el bailaor Alberto Vélezla contratara para su espectáculo, en gira por Europa. A su vuelta, es la empresa del Tablao Los Gallos sevillano, quien requiere su presencia. En Los Gallos, Manuela Carrasco confirma su valía y pasa a ser una de las estrellas de los festivales flamencos andaluces, obteniendo éxitos que la crítica resalta continuamente, especialmente en su actuación en el denominado El Potaje Gitano de Utrera.
Seguidamente, la bailaora revelación se traslada a Madrid y se confirma como primera figura en el Tablao Los Canasteros, conquistando para siempre a la afición madrileña, durante una serie de temporadas, sin dejar por ello se participar en los festivales. En 1973, obtiene un gran éxito en el Festival de La Puebla de Cazalla, donde es aclamada largamente por el público. Y un año después, en 1974, en el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, se le otorga el premio de bulerías, y a reglón seguido, la Cátedra de Flamencología y Estudios Folklóricos Andaluces, le concede el Premio Nacional de Baile, el galardón más importante del género.
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Después, retorna al Tablao Los Gallos, durante una triunfal temporada. Solicitada su presencia en teatros extranjeros, en 1976, acompañada por el cantaor Juanito Villar y el guitarrista Antonio Losada, alcanza el Premio Internacional de Baile, instituido en San Remo (Italia), lo que significa su consagración a medida internacional. El mismo año, interviene en el espectáculo Gitano, en el Teatro Monumental de Madrid, junto a Camarón de la Isla, Pansequito y El Lebrijano, emprendiendo una gira por diversos escenarios y encabezando carteles de distintos eventos flamencos. De nuevo baila en Los Canasteros madrileño, uno de sus tablaos preferidos, y toma parte en la Quincena de Flamenco y Música Andaluza de Sevilla, en 1981. La trayectoria artística de Manuela Carrasco es fulgurante, y ese mismo año debuta en el Teatro Olímpico de Roma, para continuar un recorrido por Francia, donde intervino en el Primer Festival de Arte Flamenco de París.
Con el espectáculo titulado Ayer, hoy y mañana del flamenco, Manuela Carrasco reaparece en Madrid, concretamente en el Palacio del Progreso, en 1983, para pasar a continuación a Sevilla y otras ciudades andaluzas, con un elenco en el que formaron parte Joaquín Amador, Faíco, El Turronero, La Susi, Juana La del Revuelo, El Yunque, Fernando de la Morena, Tío Fati, Tía Lili Maya, El Moro, Galanes y Niño Jero. Un espectáculo para el recuerdo, en el que Manuela Carrasco ponía de relieve su categoría de bailaora personalísima. Su carrera en los años ochenta, tuvo dos cúspides de suma importancia, su participación en la II Cumbre Flamenca de Madrid, en 1955, y en el espectáculo Flamenco Puro, estrenado en Nueva York, en 1986, alternando con Fernanda de Utrera, El Farruco, Juan Habichuela, El Chocolate y Adela La Chaqueta. Este espectáculo supuso todo un acontecimiento y fue presenciado por la Reina de España, que felicitó a los intérpretes. Durante la década de los noventa, Manuela Carrasco ha proseguido su trayectoria cosechando triunfos en los escenarios nacionales y extranjeros. Entre ellos, el conseguido en la Bienal de Arte Flamenco de Sevilla, en 1996, donde estrenó su versión de la farruca.
Las características artísticas de Manuela Carrasco han sido glosadas por numerosos críticos y flamencólogos. Por ejemplo, por José Luis Ortiz Nuevo: “Cuando Manuela comienza el rito de su baile, con su sola presencia, con el firme y estático cenit de sus ojos calientes, de su cuerpo arrogante; se presienten ya, se auguran furiosos e inmediatos los solemnes pasos y las manos sabias, que se airearan luego libres y exactas por los espacios del compás y la armonía. Y no sólo sus brazos, aislados de su cuerpo danzando, sino que es todo el conjunto maravilloso de su genio y su figura, lo que nos sobresalta de instante y por los caminos de una creación continuamente renovada. Poderosa y cierta hasta en los más leves destellos de su baile. Muchos y uno solo son los riquísimos elementos de su arte, muchos porque son las manos y sus dedos, porque es su cara y su boca, y los ojos, porque es su cuerpo y sus caderas, porque son sus pies... y uno sólo porque es ella la que se inmola bailando”.
Ahora, en sus nuevos espectáculos, titulados “Tronío” y “Un sorbito de lo sublime”, con su reforzada compañía, en la que figura como artista invitado el personalísimo Manuel Molina, Manuela Carrasco continua siendo la diosa flamenca por antonomasia. Mantiene su poderío estremecedor, una tragirrabia en los pies que envila a quien lo contempla, si se es cabal fetén. Si, ahora, después de su entronamiento por esa trayectoria brillante que hemos reseñado por festivales y teatros del mundo entero, puede ser considerada una diosa flamenca admirada y querida por la afición más exigente.
Asombra verla llenando el esceneraio con su elegancia, con su gitanería donosa, con su sentimentalidad expresiva, bailando erguida como una giralda-mujer, desde el gesto al zapateado brioso, intenso, rítmico como ninguno, al braceo majestuoso, vibrante, pleno de armonía. Baila Manuela Carrasco por tarantos, con una puntual justeza al estilo. Baila por bulerías con el cante acompasado y lastimero de Manuel Molina, creándose en escena un verdadero tronío, un sorbito de lo flamenco sublime. Y baila Manuela Carrasco con muchísimo donaire por alegrías. Y baila con jondura y solera por soleares, configurando una estampa flamenca comparable con aquellas de antaño y que ya apenas se presencian sobre las tablas. Es emocionante verla estremecerse bailaoramente al compás de la copla que dice:
Merecía esta gitana
que la fundieran de nuevo
como funde las campanas.
Artista flamenca de tronío, diosa flamenca para la historia, ojala prosiga ofreciendo su arte mucho tiempo todavía, para dar referencia a las nuevas generaciones del legítimo baile, con su lección magistral y personalísima.
Su espectáculo es una función que se plantea de la forma más tradicional, representándose con el con el desarrollo clásico, desde que sus componentes se van levantando de las sillas para darse su vuelta por bulerías. O entre cante y cante festero. O entre toná y toná. Mas cada vez que Manuela Carrasco aparece se crea una magia artística palpable, porque la macarrona gitana de Sevilla, en el primer replante y con sus primeras posturas, nos brinda la verdad de un arte singular y profundo. Y el público que recibe tamaño mensaje flamenco se rinde ante la diosa.
Manuel Ríos Ruiz
“Un sorbito de lo sublime”
Sin aspavientos ni carrerillas. Sin “tics” dedicados a la galería y sin la “hojana” teatralizante, Manuela Carrasco la manifiesta como el lenguaje corporal puede generar una corriente en movimiento que, a más de estimular la densidad de la acción flamenca de inagotables variaciones, ofrezca una visión cargada de sustantivas contribuciones.
Mas para resaltar aún más el modelo propuesto, la archiduquesa del duende se rodea de un grupo imposible de reunir en esta época que va a permitir expandir los marcos del género por entre los estilos más variados y complejos, múltiples modos de concebir todos los compases –alternos (tonás o seguiriyas), binarios (tangos y taranto) o ternarios (soleares, bulerías por soleá, romances y bulerías)-, pero combinando el rigor y la libertad, lo meditado y lo imprevisto.
Y en este cuadro tan funcional como histórico, sólo puede contrastar, vívidamente, una figura arrogante y fecunda como la de Manuela Carrasco, una bailaora con su propia personalidad que, alejada de toda falsedad, revelará el placer compartido por la auténtica grandeza del arte.
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